Me gusta mucho el nuevo de La Casa Azul. Al principio me molestaba encontrarme con los arreglos y las melodías de siempre, pero ahora me da igual y no paro de escucharlo: de camino a la universidad, y ya en la universidad, en la sala común (aunque me miren mal); de vuelta de la universidad, y ya en casa, también en casa. De hecho, lo escucho tanto que ahora activo la ‘sesión privada’ de Spotify para que mis amigos de Facebook no se hagan ideas. Quizás es por eso que me irrita leer críticas y comentarios adversos que consideran que debería ‘reinventarse’ o volver a lo que hacía en los primeros discos. La verdad es que, por mucho que la disfrute/admire, yo también intuyo algo inexplicablemente incómodo/impostado en la música de Guille, pero creo que criticarla por esos motivos es pasar por alto sus intenciones y el universo contextual que crea con los discos. No creo que yo entienda especialmente bien las ideas de mi tocayo al respecto (al fin y al cabo, determinismo nominativo aparte, creo que somos personas muy distintas y que no nos gusta la misma música – por ejemplo, nunca podría sentirme identificado con frases como “Hoy sólo creo en Filadelfia”), pero aún así, este disco me hace pensar en la ideología metamusical (?) que pueda haber detrás.
Hay un texto de Nozick en el que da un argumento muy guay (y muy Matrix) contra la teoría de valor hedonista del utilitarismo: si fuera cierto que el placer/felicidad es lo único que determina lo que deseamos/es bueno, sería deseable decidir vivir (inconscientemente) en una ‘máquina de experiencias’/realidad virtual que nos haga creer que estamos cumpliendo los sueños y deseos que decidamos justo antes de meternos en la máquina. Nozick dice (más o menos) que esto no es así porque por encima del placer de la experiencia de hacer cosas queremos tener la certidumbre de hacer esas cosas y que esto determine nuestra identidad en una realidad con posibilidades infinitas. Por lo tanto, el placer no es lo más importante, sino una sensación abstracta, negativamente definida, de no-irrealidad; de crear sentido a partir del caos, ‘o algo’.
Obviando por ahora la conclusión del experimento mental (que no entiendo del todo bien), creo que la música de La Casa Azul, y en especial este disco, intenta ser una ‘máquina de experiencias’ que maximice el placer estético del oyente. Creo que el continuismo musical de La Casa Azul es un subproducto de su intención de crear (conjuntos de) canciones cada vez más hiperestimulantes. Ya que por alguna razón es imposible crear un número infinito de canciones perfectas/originales/’icónicas’, el músico probablemente debe decidirse entre la búsqueda de la originalidad/significado (expresión) y la del placer estético (impresión). Entiendo la música de Guille primordialmente como un ejercicio magistral de lo segundo, mientras que sus letras suelen tratar la angustia ante la imposibilidad de conciliar ambas cosas (‘autorrealizarse’ vs. ‘molar’ / ‘tranquilidad’ vs. ‘ambición’ / ‘escapismo’ vs. ‘acción’ / ‘interior’ vs. ‘exterior’, etc. etc. etc.)
Como decía, todas las canciones de este disco suenan parecidas a otras canciones que ha hecho, que a su vez suenan parecidas a las cosas que a él le gustan. Creo que su forma de afrontar la composición es análoga a la del estudiante que en su examen de inglés tiene que escribir una redacción y sabe que para tener una buena nota lo que ponga da igual siempre que incluya las estructuras gramaticales/vocabulario que se le requieren. Guille tiene un arsenal de géneros, progresiones melódicas, trucos de producción, temas y campos semánticos que dan como resultado canciones parecidas a lo que a él le gusta(ría) escuchar; algo así como un clímax perpetuo. Esta estrategia es más evidente a partir de “La Revolución Sexual”, y con este nuevo disco ha ampliado esa lista de recursos. Si lo juzgo exclusivamente según este criterio, me parece su mejor disco. Más que con estilos nuevos (creo, por ejemplo, que el sonido Max Tundra de “Una Mañana” es algo nuevo en él), creo que la evolución musical de este disco tiene que ver con el tratamiento de las melodías. Además de su conocida técnica de acelerar las melodías, me parece que ahora hace cosas nuevas como subir una octava la nota final del compás (ej. “unbreveataquedeamoooooor”, “se van a desplomaaaaar”) (estoy hablando sin saber, pero creo que lo que quiero decir está ahí aunque no lo explique bien), o hacer que todas las estrofas de una canción parezcan estribillos y que el estribillo tenga varios sub-estribillos. Escuchando sus dos primeros discos me doy cuenta de que en los dos últimos hay menos espacio para los silencios, los tempos se han acelerado y en general se ha sacrificado ‘sensibilidad’ en pos del hiperestímulo.
Algo parecido pasa con las letras. Estoy seguro de que hablan de cosas que a Guille le preocupan genuinamente (de hecho, creo que es su disco más sincero temáticamente, y que la famosa dicotomía triste/alegre de sus primeras canciones ha pasado a ser la de sinceridad/insinceridad vía temas sinceros/vocabulario-música artificiales), pero de nuevo parece que da prioridad a la inclusión de palabras ‘estrafalarias’/’zany’ por encima del lirismo. Si hiciéramos una lista con todos los sustantivos que se dicen en el disco y elimináramos todos los sustantivos abstractos y nombres de medicamentos, ¿Qué palabras quedarían? No sé si me explico… Un amigo me comentaba hace poco que le costaba aprenderse las letras de este disco mucho más que las de los discos anteriores, y creo que es porque cada vez tienen menos sentido.
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Supongo que la conclusión es que el ‘clímax perpetuo’ es inalcanzable y que en ello reside la futilidad del discurso de “La Polinesia Meridional” y la razón por la que decía que me puede parecer incómodo/impostado. Como una droga psicotrópica sin efectos secundarios, su música produce un placer extremo al que la disfruta, pero está trágicamente condenada a una utilidad marginal menguante: como me pasó con “La Revolución Sexual”, con el tiempo las canciones probablemente me satisfarán cada vez menos, y me producirá rechazo su artificialidad/insensibilidad/falta de ‘atemporalidad’. Como en el experimento de Nozick, tras considerar el placer continuo se concluye que probablemente sea preferible algo más sutil, que también apele al mundo interior (razón/sentimientos) del agente experimentador, en vez de a sus placeres solamente.
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“La verdad es que el bar siempre está lleno, y en realidad conozco a todo el mundo; pero prefiero ojear la prensa, la opinión, la deportiva. Nunca leo mucho, la verdad. A veces me interesan más las cosas que se cuentan Rodrigo y el chico de la frutería, parecen buena gente.”
COOL STORY, BRO
Una cosa más: la voz de gilipollas que pone en esa canción me fascina tanto como todo lo que acabo de decir. Me da ganas de suicidarme haciéndole callar, y al mismo tiempo me recuerda por qué me cae tan bien. Creo que parte de lo que hace tan placentero escuchar/admirar a La Casa Azul es que para disfrutarlo hay que reprimir la vergüenza ajena mediante la supresión del juicio estético. Así uno recibe el placer del hedonismo musical y el de sentirse por encima de las jerarquías del buen y el mal gusto. zzzz
¡Gracias Guille, por existir, y por seguir intentando lo imposible!
bisous